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Al noroeste de la localidad de Labastida se alza una pequeña formación rocosa que conforma un llamativo circo natural, muy frecuentado por senderistas y visitantes. Aunque su altitud es modesta y carece de relevancia montañera, destaca por su singular belleza paisajística y por las excelentes vistas que ofrece sobre el entorno. Su ubicación, en el camino hacia la ermita de Santa Lucía, la convierte en una interesante parada para quienes recorren esta agradable zona de la Rioja Alavesa.
Desde la ermita de Santa Lucía
Iniciamos la ruta junto a la ermita de Santa Lucía, siguiendo una pista parcelaria en dirección sureste. Ascendemos cómodamente por esta vía hasta situarnos a la altura de la formación rocosa. En ese punto abandonamos la pista por la derecha, accediendo a una viña. Continuamos caminando junto a su linde hasta alcanzar una nueva pista. Giramos a la izquierda y avanzamos unos metros hasta localizar un sendero que asciende de forma más directa hacia el circo rocoso. Tras una breve trepada alcanzamos la parte superior de la formación. Recorremos la cresta hasta encontrar unos pequeños escalones tallados en la roca, que facilitan el acceso al punto culminante de esta singular y atractiva atalaya natural.
Acceso: Ermita de Santa Lucía (30 min).
Ermita de Santa Lucía y Torrentejo
He adaptado el texto a un estilo más divulgativo y adecuado para una descripción de ruta o punto de interés:
La ermita de Santa Lucía, un destacado templo románico del siglo XI, ocupa un enclave de gran importancia histórica y arqueológica. Bajo sus cimientos se localizan los restos del antiguo poblado de Torrentejo, considerado uno de los núcleos que dieron origen a la actual localidad de Labastida. El yacimiento arqueológico de Torrentejo constituye el último vestigio conservado de un importante asentamiento medieval de la Sonsierra riojana, citado en numerosas fuentes documentales desde el siglo XI. Junto a la ermita se encontraba la iglesia de Santa María de Torrentejo, mencionada posteriormente como monasterio, aunque las excavaciones han demostrado la existencia de un templo aún más antiguo asociado a una extensa necrópolis. Como ocurrió con otros pequeños núcleos de la Rioja Alavesa, Torrentejo fue abandonado durante la Baja Edad Media, probablemente en el siglo XIII. Sus habitantes se trasladaron a las nuevas villas fortificadas de la comarca, como Labastida o Laguardia, que concentraban la población dentro de sus murallas y ofrecían mayores garantías de defensa. Lejos de desaparecer por completo, el lugar volvió a adquirir relevancia durante los siglos XVII y XVIII. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz diversas estructuras domésticas y productivas adosadas a la ermita, así como abundantes monedas, cerámicas y restos alimenticios. Entre los hallazgos destaca un trébede, una pieza vinculada a la actividad alfarera que aporta una valiosa información sobre la producción de cerámica en la zona, una actividad hasta ahora desconocida en el territorio.
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